Rito de Pasaje
Dramatización artística.
"Así comenzó a extenderse el corte de pelo al rape y la ingesta de  aceite de ricino como una manera de humillar, vejar y «marcar» a todas  esas mujeres que, a fin de cuentas, venían a reflejar lo más  recriminable de la feminidad desde el punto de vista de los sublevados y  del orden que pretendían imponer y que, de hecho, impusieron. En  efecto, las autoridades del pueblo (Falange, Guardia Civil, requetés…)  detenían a las mujeres, les rapaban el pelo al cero —a veces les ponían  una banderita roja colgada de un pequeño mechón en la frente o en la  nuca—, las obligaban a beber aceite de ricino para provocarles diarreas y  las «paseaban», mientras se cagaban encima a causa del purgante, por  las principales calles de las poblaciones «liberadas», en ocasiones  acompañadas por la banda de música del pueblo.
La historiadora francesa Maud Joly, en su trabajo titulado Las violencias sexuadas de la guerra civil española: paradigmas para una lectura cultural del conflicto (Historia Social, núm. 61, 2008), ha estudiado en profundidad el  fenómeno del empleo del cuerpo de la mujer como frente de guerra en el  que humillar y vencer definitivamente al enemigo. La práctica del rapado  de pelo durante la Guerra Civil y la posguerra (la práctica reaparecerá  más tarde en Francia con las mujeres acusadas de colaboracionistas  durante la Segunda Guerra Mundial) tiene un componente de marcación de  los cuerpos que adquiere un carácter de táctica deliberada de combate.
Ya no se trata tanto de apartar, perseguir o vencer al enemigo, sino,  más bien, de exhibir a modo de espectáculo una especie de «deformidad  monstruosa» que, desde el punto de vista de los sublevados, se había  desarrollado durante la Segunda República. En tribunales militares, que  más parecían una burla, se decidía que ciertas mujeres debían ser  castigadas por haber contribuido al derrumbe de la moral católica, por  haber enarbolado una bandera republicana durante el «dominio rojo», o  por haber participado en el saqueo de la iglesia del pueblo. Y así, tras  las pruebas «de oídas» de algunos testigos —muchos aprovechaban para  vengarse por antiguas rencillas—, se decidía que una mujer debía ser  ejecutada o encarcelada durante treinta años. Pero fueron muchas más a  las que, sin necesidad de pasar por juicio alguno, raparon, purgaron y  exhibieron en la plaza de sus pueblos para escarnio público.”

"Así comenzó a extenderse el corte de pelo al rape y la ingesta de aceite de ricino como una manera de humillar, vejar y «marcar» a todas esas mujeres que, a fin de cuentas, venían a reflejar lo más recriminable de la feminidad desde el punto de vista de los sublevados y del orden que pretendían imponer y que, de hecho, impusieron. En efecto, las autoridades del pueblo (Falange, Guardia Civil, requetés…) detenían a las mujeres, les rapaban el pelo al cero —a veces les ponían una banderita roja colgada de un pequeño mechón en la frente o en la nuca—, las obligaban a beber aceite de ricino para provocarles diarreas y las «paseaban», mientras se cagaban encima a causa del purgante, por las principales calles de las poblaciones «liberadas», en ocasiones acompañadas por la banda de música del pueblo.

La historiadora francesa Maud Joly, en su trabajo titulado Las violencias sexuadas de la guerra civil española: paradigmas para una lectura cultural del conflicto (Historia Social, núm. 61, 2008), ha estudiado en profundidad el fenómeno del empleo del cuerpo de la mujer como frente de guerra en el que humillar y vencer definitivamente al enemigo. La práctica del rapado de pelo durante la Guerra Civil y la posguerra (la práctica reaparecerá más tarde en Francia con las mujeres acusadas de colaboracionistas durante la Segunda Guerra Mundial) tiene un componente de marcación de los cuerpos que adquiere un carácter de táctica deliberada de combate.

Ya no se trata tanto de apartar, perseguir o vencer al enemigo, sino, más bien, de exhibir a modo de espectáculo una especie de «deformidad monstruosa» que, desde el punto de vista de los sublevados, se había desarrollado durante la Segunda República. En tribunales militares, que más parecían una burla, se decidía que ciertas mujeres debían ser castigadas por haber contribuido al derrumbe de la moral católica, por haber enarbolado una bandera republicana durante el «dominio rojo», o por haber participado en el saqueo de la iglesia del pueblo. Y así, tras las pruebas «de oídas» de algunos testigos —muchos aprovechaban para vengarse por antiguas rencillas—, se decidía que una mujer debía ser ejecutada o encarcelada durante treinta años. Pero fueron muchas más a las que, sin necesidad de pasar por juicio alguno, raparon, purgaron y exhibieron en la plaza de sus pueblos para escarnio público.”

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